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Amuletos, el poder de la magia

Hoy en día es común poner un collar de ámbar a los bebés. Se le atribuyen multitud de propiedades beneficiosas: calma dolores, activa la circulación y es un poderoso antiinflamatorio. Y qué padre o madre no ha colgado en la cuna o habitación de su hijo/a un atrapasueños para asegurarle un buen descanso durante la noche, libre de pesadillas. Son la última moda en amuletos.

Y es que a lo largo de la historia y en todas las culturas hemos tenido la necesidad de sentirnos protegidos/as, y para satisfacerla hemos atribuido a ciertos objetos un poder especial, mágico. Creemos que nos protegen, dan buena suerte o que poseen efectos curativos. Se usan contra lo desconocido y lo que nos amenaza, contra lo que se dice “mal de ojo”. Después de todo, la magia siempre ha sido parte de nuestra existencia.

Esas creencias han ocupado un lugar importante en nuestro entorno, aunque, eso sí, al mirar atrás se puede comprobar que los amuletos han ido variando. No hace muchos años que las niñas y niños recibían como regalo, al hacer la primera comunión, la cadena, que contenía dos imágenes religiosas. Y muchas de nuestras abuelas y abuelos recordarán que era costumbre colgar escapularios del cuello a niños y niñas. Los llevaban con una cinta y podían  contener su cordón umbilical, carbón, agua bendita, jabón o papeles escritos.

De todas maneras, sin duda, en esta zona son dos los amuletos por excelencia: el Lauburu y la Eguzkilore, ambos relacionados con el poder del sol. No solo se llevan encima, se colgaban, y todavía se cuelgan, en infinidad de  puertas, balcones o ventanas de nuestra geografía para protegernos de los malos espíritus.

Pero para cuando estos amuletos no sean tan eficaces en la protección de los/as niños/as o no se tenga mucha confianza en ellos, siempre queda el poder sanador de las palabras de los padres y madres, más que efectivo cuando los/as peques se han hecho daño. ¡Más aún si emplean las palabras mágicas, como esta fórmula recogida en Luzaide-Valcarlos:

Senda mina kaka urrina
sendatua da zure mina

 

O esta otra de Igantzi:

Senda senda mirubu
olio xalda xiribu
mina hau sendatu zaigu

 

En realidad, no hay duda sobre el poder sanador de una canción cantada con cariño.